"Cuando el rostro azul de una niña azul, irrumpió por el sendero; los cadáveres como jazmines destrozaron la quietud de la noche."
Ese estribillo comenzó a repetirse una y otra vez luego que tuviera aquel suceso: Salía de mi casa como todos los días camino al trabajo, los mismos colores, los vecinos de todos los días, el mismo ómnibus. Podía sentir en mi piel el aire fresco de la mañana y el sol en mi rostro. En un instante al bajar en mi destino y dar el primer paso, todo cambió a mí alrededor. Una oscuridad me rodeó y quedé paralizada. Lo que me pareció un siglo, fue un segundo en el espacio donde me encontraba. Se abrió bajo mis pies una línea azul brillante que se metía como una cuña en el negro absoluto. Estiré una mano y vi que mi cuerpo se confundía con el sendero. Extrañamente me sentía sin peso, flotando en un azul intenso y fue entonces cuando comencé a verlos. Eran cadáveres que emergían de sus tumbas quebrando la quietud de la noche. Parecían ramilletes de jazmines blancos que se encendían horadando las sombras. No sentía temor, era como si todo estuviera en su lugar. Los cadáveres-jazmines comenzaron a seguirme y a rodearme, a obstruirme el paso, repitiendo a coro el estribillo como un lamento. Fue entonces cuando sentí el primer tirón, una mano descarnada había arrancado mis dedos y se los llevaba a la boca absorbiendo el azul. Luego siguieron mis cabellos, mis brazos, mis ojos, todo mi cuerpo fue motivo de un festín en azul que encendía sus maltrechos esqueletos. Me multipliqué en cada uno de ellos y me metí en cada una de sus tumbas a la espera de que otra persona azul irrumpiera por el sendero. Al dar el segundo paso me encegueció la luz del sol y mi cuerpo se estremeció, dudé en seguir caminando pero mi celular había comenzado a timbrar. Desde entonces no dejo de repetir ese estribillo que está en mi mente día y noche... día y noche...
Mónica Marchesky
La lluvia caía como puñal en el río. Guillermo corría con su coche por la ruta paralela y nunca había visto llover con tanta saña, eso lo molestó, ya que quería estar en casa antes del anochecer. Comenzó a divisar tras la cortina de agua un puntito negro en la banquina, que se fue haciendo más visible y al pasar frente a él, se percató que era un hombre, que le hacía señas con dos mochilas en las manos. Guillermo pasó frente a él y siguió su marcha. Se detuvo casi inconscientemente más adelante y observó por el espejo retrovisor; a pesar de la poca visión, notó que el hombre no se movía de su sitio, se mantenía estático bajo la lluvia que se le clavaba en el cuerpo desgarrando su negro impermeable que le llegaba a los pies. Guillermo pisó moderadamente el acelerador y continuó su camino, pero la visión horrorosa que tuvo de ese hombre en la ruta no se la podía sacar de encima. Comenzó a tejer conjeturas...
-No puedo subirlo al coche -trató de convencerse- está hecho un desastre, me arruinaría el tapizado... quiso detenerse en un café a la vera del camino, pero siguió como si ese deseo no hubiera sido recibido por su cerebro.-Hice bien en no subirlo -hablaba en voz alta- ¿y si fuera un ladrón?, hay historias increíbles de casos de aventones que terminaron en robo... eso no es nada, si fuera un asesino, además de ladrón, asesino, no, no, no, un extraño en mi coche no, a pesar de toda esta tormenta que no cesa, de esos relámpagos que cortan el cielo, de esta maldita lluvia que no me deja ver... -¡Dios! -gritó- ¿y si fuera un accidente?, ¿Si ese hombre estaba pidiendo ayuda? Y yo no se la brindé, ¿si estaba aturdido y por ese motivo no corrió al coche cuando me detuve? , avisaré en el primer puesto policial que encuentre... no, no, no estaría bien, me preguntarían por qué no me detuve, y tendré que decirle: No lo subí al coche, porque estaba mojado señor agente. Jajajaja a quién se le ocurre estar parado en la ruta en un día de lluvia y sobre todo, mojado. El sonido del celular lo distrajo de sus divagantes conjeturas. Era su esposa. Cuando al fin llegó a la casa, le dijo a su mujer preocupado lo que había hecho.-¡He dejado a un hombre parado en la tormenta!, por la sencilla razón de no querer crearme problemas, no sé quien pudo ser, pero lo cierto es que me ha venido martillando desde que lo dejé bajo la lluvia. Bajo la lluvia seguía esperando un hombre a su tercera víctima, con ambas cabezas de dos infortunados conductores, en sus manos.
Mónica Marchesky

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