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La Coctelera

Todo para goticos

Si al diablo!!!!

Categoría: Historias

11 Julio 2009

Causa de la muerte: Amor

Causa de la muerte: Amor

Kan gótico

 

En una mano, el anillo que le quise regalar y que ella rechazó, la gota que colmó el vaso, en la otra, la pistola, mi única vía de salvación.
Llevo toda mi puta vida aporreando las puertas del amor, viendo cómo los demás podían entrar y yo me quedaba fuera, enloqueciendo, y muriendo por dentro. Las puertas que al principio eran doradas y cálidas, se fueron haciendo oscuras y frías, hasta convertirse en una droga que me mataba por dentro lenta y dolorosamente.
Una pistola, una bala, mi vía de escape, tan sólo tengo que apretar el gatillo, ya está, oigo la detonación, voy viendo mi triste vida pasar mientras el frío metal me va agujereando la cabeza. Mi última visión: la chica a la que amé con locura, por quien morí, salpicada por mis sesos y mi sangre. Y después, el eterno reposo de la muerte, mi única vía de escape...

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11 Julio 2009

Amantes Oscuros

Amantes Oscuros

Kan Gótico

 

Estaba allí, como de costumbre, arrodillada frente a esa sombría lápida, siempre vestida de negro, llorando oscuras lágrimas, la mujer más bella que he conocido jamás, y con un alma tan oscura, llena de soledad y tristeza como la mía. La necesitaba, sabía que la necesitaba aunque nunca había hablado con ella, necesitaba estar a su lado, que pudiéramos compartir nuestras vidas vacías para siempre, llenándolas el uno del otro, y haciéndolas así más soportables. No aguanté más, me arrodillé junto a ella, seguía llorando, y yo me puse a hacer lo mismo; eran lágrimas de desesperación, de una oscura e insoportable tristeza que llevaba sufriendo desde hacía tiempo. Ella era mi única oportunidad de no morir interiormente, de acabar con mi sufrimiento, y cuanto más me acercaba a sus labios negros, mojados por sus lágrimas de desamparo más me daba cuenta de que por fin encontraba un alma como yo en este mísero y traicioner mundo, sola y vacía. Me aproximé a su boca hasta fundirme en un esperanzador y cálido beso que duró hasta que nuestras almas solas y desamparadas se juntaron en una sola que completaba nuestras vidas y nos permitía morir con una pequeña dosis de felizidad en nuestros corazones, que tan torturados habían sido por la soledad.

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11 Julio 2009

¿MIEDO INFUNDADO?

¿MIEDO INFUNDADO?

ROQUE PÉREZ PRADOS

 

Hacía unos minutos que había salido del supermercado, y desde entonces Clara se sentía observada. Era una sensación que no podía describir, ¿un cosquilleo en el cogote? Se dio media vuelta y sólo pudo ver gente, gente que transitaba por aquella calle: un joven con pinta de estudiante, un ejecutivo... gente; las personas iban y venían imbuídas en sus pensamientos, sin fijarse en quien se podían cruzar por la acera. Eran cerca de las nueve de la noche y aunque se encontraba en una céntrica calle comercial, aunque muchos transeuntes la miraban sin verla, tenía la sensación, casi la certeza de que alguien la estaba mirando, alguien se fijaba en ella.

Después de girar a su alrededor para observar al personal, dejó en el suelo las pesadas bolsas que llevaba en sus manos y se abrochó el botón superior del cuello de su gabardina; hacía frío en aquella noche de invierno. Prosiguió su camino. A medida que se acercaba al parking, dos manzanas al sur del gran hipermercado donde había realizado sus compras, tenía la sensación de que cada vez circulaba menos gente por aquella calle. Apretó el paso para llegar cuanto antes al coche: en unos instantes estaría al volante de su BMW camino de casa, donde la esperaba Juan, su marido, y su hijo Carlos.

-No debería de preocuparme- Se decía Clara a sí misma -enseguida llego al coche, descargo las bolsas en el maletero y se terminó la historia ¡Vaya tontería¡ Parecía como si quisiera convencerse a sí misma de que no había nada de qué temer, de que todo eran simples imaginaciones de una chica de treinta y dos años preocupada y abrumada por los problemas de delincuencia callejera que día a día lee en el periódico.

Un chasquido a sus espaldas le hizo estremecerse y girar sobre sí misma... nada. En ese momento su corazón comenzó a latir más rápido de lo normal: las farolas alumbraban tenuemente la calle donde se encontraba, que ya no era aquella céntrica y comercial de hacía unos minutos, de hecho ya nadie circulaba por ella. Miró a su derecha y pudo ver a unos cincuenta metros la puerta del aparcamiento.

-Seguro que hay algún vigilante en la puerta -Clara arrancó a correr despavorida, una lata de foie grass cayó de una de las bolsas a consecuencia del vaivén de las mismas mientras corría. Veía acercarse la puerta del aparcamiento con gran lentitud mientras ella realizaba el mayor esfuerzo de su vida por ponerse a salvo de... ¿qué? Miró hacia atrás y no vio nada. Había llegado al aparcamiento, y en ese momento pudo pensar, y se sintió estúpida y ridícula.

-¡Dios mío¡ ¿De qué estoy huyendo? Soy una histérica -se repetía nuevamente a sí misma intentando volver a convencerse de que no había nada que temer. Después de unos minutos mirando la quietud que había a su alrededor, recuperó el resuello y se alegró de haber pensado como un ser racional: -Es posible que haya sido un gato o algún otro animal buscando entre los contenedores de basura.

En aquel momento, un coche salió del garaje, proporcionándole una sensación de mayor tranquilidad. El conductor, un señor de unos sesenta años, y más bien grueso la miró y acto seguido introdujo su ticket en el aparato que levantaba la valla de salida y su coche se perdió en la lejanía.

Clara entró en el aparcamiento. Inmediatamente se dio cuenta de que no había ningún vigilante: todo estaba completamente automatizado, un par de metros a su derecha se hallaba la máquina expendedora de tickets. La iluminación era bastante escasa para alumbrar un lugar tan grande, algunas zonas quedaban en una semi penumbra, precisamente donde se encontraban aparcados los coches en batería... y el sitio donde estaba la máquina. Esta se encontraba empotrada en la pared pero metida dentro de ella aproximadamente medio metro. Clara avanzó hacia ella y se detuvo justo delante. Dejó las bolsas en el suelo y abrió su bolso para coger el monedero. Levantó la cabeza y miró de izquierda a derecha: no había nadie, ni un alma. Apenas podía contar diez o doce coches estacionados. En ese momento, sintió frío.

Llevaba una chaqueta de lana debajo de la gabardina y sin embargo había sentido frío, pero no era esa sensación térmica que se puede tener cuando hay temperaturas bajas, era un verdadero escalofrío que recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies. Lo peor es que esta vez sí que tenía razones para inquietarse: en la entrada del garaje, había alguien. Justo por la puerta por donde ella había entrado, de pie, observándola fijamente, un hombre alto y delgado permanecía completamente quieto y con los brazos caídos junto al cuerpo. No alcanzaba a verlo bien, pero podía distinguir desde unos cincuenta metros de distancia la gabardina de color negro de su... observador.

Sacó torpemente el ticket de su monedero y esperó de forma tensa a que la máquina le indicara el importe del estacionamiento, eso sí, sin perder de vista al hombre extraño que parecía mirarla y permanecía quieto en el mismo sitio.

-No es normal, aquí hay algo que no cuadra -pensó Clara-. Una persona normal, entraría al aparcamiento a recoger su vehículo, pero no se quedaría parada en la puerta. ¿O acaso espera... a alguien?

El corazón de Clara volvió a latir de prisa. Cuatrocientas cincuenta pesetas marcaba la máquina. Debido a los nervios, se le cayeron varias monedas al suelo, a las cuales ni siquiera hizo caso, sólo pensaba en obtener el ticket y retirarse hacia su coche de la forma más rápida posible. El papelito fue arrancado de la máquina por Clara casi antes de que terminara de imprimirse. Miró al desconocido y todo su cuerpo dio un respingo: había avanzado hacia ella unos cinco metros, y no sólo eso, ahora estaba segura de que la miraba aunque todavía no conseguía verle la cara, se dirigía hacia donde ella estaba y había un hecho que la desconcertó y preocupó profundamente: el hombre había avanzado, se encontraba quieto, erguido, no le había visto moverse... !Ni siquiera había escuchado sus pasos¡ Era como si se hubiera... ¿Deslizado?

En aquel momento Clara sintió terror, el hombre estaba ya a apenas veinte metros en un abrir y cerrar de ojos: venía por ella, no cabía duda. Clara soltó un grito en el mismo momento que arrancó a correr despavorida hacia el coche, sabía que sólo tenía una oportunidad: llegar al coche y salir disparada de aquel lugar. Atrás quedaron las bolsas de la compra tiradas por el suelo.

El ritmo frenético de huída de Clara no le permitió darse cuenta al principio de un detalle: la intensidad de la luz del garaje empezaba a disminuir. Sacó la llave por control remoto de su coche, pulsó el botón... pero no funcionaba. Tras varios intentos, respirando jadeante por la carrera, miró hacia atrás por encima de su hombro y lo que vio le heló la sangre en sus venas: detrás de ella, a sólo unos pasos, seguía erguido y aparentemente inmóvil el desconocido, mirándola, y fue entonces cuando le vio la cara, fue entonces cuando la luz comenzó a apagarse y encenderse, cada vez con menor intensidad, fue cuando distinguió entre penumbras el rostro de una criatura infernal. Una faz cadavérica, pálida e inexpresiva hizo que, por segunda vez en la noche, Clara gritara de forma desgarradora.

En aquel momento, el ser que tenía delante, esbozó lo que parecía una sonrisa de complacencia a la vez que fijaba aún más sus ojos en Clara. Dos colmillos bastante puntiagudos sobresalieron de sus labios, y emitió una especie de siseo, como cuando una serpiente va a caer sobre su presa. Clara, logró abstraerse de aquella visión terrible casi hipnótica y en un intento desesperado introdujo manualmente la llave en la cerradura y abrió la puerta. Consiguió arrancar el coche y poner la marcha atrás. Las ruedas mordieron con violencia el asfalto antes de que el coche saliera disparado hacia atrás, atropellando espectacularmente a aquel ser, y chocando con violencia contra otro coche estacionado detrás. Miró por el retrovisor y no vio a nadie; nada podía haber resistido a un impacto de aquellas características. Puso la primera y embaló el BMW hacia la salida, por supuesto no se esperó a introducir el ticket en la ranura correspondiente y la valla saltó por los aires tras el impacto con el coche, que se fue perdiendo poco a poco en la lejanía.

A los pocos segundos Clara se encontraba en la principal circunvalación de la ciudad, ya estaba segura. Pero la situación nerviosa en que se encontraba hizo que diese un frenazo y estacionara en la cuneta. Lloraba y jadeaba al mismo tiempo, había estado a punto de morir a manos de un ser de ultratumba que era lo más parecido a los vampiros que solía ver en las películas de terror. Apoyó su cabeza sobre el volante y respiró profundamente varias veces. Cuando se sintió mejor se dispuso a arrancar de nuevo el coche y dirigirse a su casa, miró al espejo retrovisor y se dio cuenta de que ... no estaba sola en el coche. Un grito más aterrador incluso que los anteriores resonó en la fría noche de invierno.

Al día siguiente, la policía encontró el cuerpo de una mujer joven dentro de un BMW. Tenía una gran mordedura en el cuello, no había una sola gota de sangre y aunque en su carnet de identidad figuraba una foto donde aparecía el rostro de una mujer morena, el cuerpo encontrado en el coche... tenía el pelo blanco.25-02-99

 

 

 

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11 Julio 2009

Rompeme Matame

 

RÓMPEME, MÁTAME

ANDRÉS MORENO GALINDO

 

"Tus ojos ya no me miran, son tus labios dos mentiras. Tu lengua insulto y caricia, pero así me siento viva"

Trigo Limpio

Canción "Rómpeme, mátame"

 

Ya está otra vez aquí, en la casa, ya llega, ya puedo oír el sonido de sus pisadas subiendo por las escaleras, tambaleándose en la oscuridad, ya puedo sentir el calor del infierno que arde en su mente y quema las lágrimas que brotan de sus ojos, ya puedo notar la ira, ya puedo ver su mirada demente, sus manos engarfiadas, intentando atrapar su inocencia perdida, el olor del cuerpo de una niña en un baile del colegio, el tacto del pecho de alguien cuya cara se desdibujó hace tiempo, ya puedo ver su ira creciendo, buscando, buscándome. Y yo estoy aquí, tumbada en la cama de esta habitación, esperando, como siempre, aterrorizada, mirando fijamente la puerta, el pomo, y aunque la muerte acabó con el miedo a sus golpes, lo ha sustituido por la horrible certeza de que la muerte no nos ha separado, de que él seguirá viniendo, noche tras noche, cada día más desesperado, cada día más enloquecido. Podría salir de aquí, abandonar esta casa, pero nunca lo he hecho, y nunca lo haré. El exterior me da miedo, me da más miedo que él. No puedo internarme en esas calles solitarias, me mareo, al cabo de unos metros todo se desdibuja, los colores se difuminan y los objetos se me antojan carentes de energía, como manchas lechosas en un paisaje muerto. Y prefiero quedarme en esta habitación, mirando hora tras hora la bombilla que cuelga del techo, fijamente, fijamente, hasta que puedo oír el zumbido de la electricidad dentro del cristal. También sigo los contornos del papel pintado de las paredes, enlazando sus líneas, formando caras, cuerpos, edificios, y así he construido durante años mundos enteros, ciudades inverosímiles, generaciones de seres imaginarios que han vivido y han muerto dentro del papel. Hasta que llega la hora, hasta que oigo la puerta de la calle abrirse, y pienso que no debería oírla, y siento que la muerte se burla de mí, que se muere de risa observando mi terror y mi estupefacción mientras me susurra al oído: "toda la eternidad, toda la vida y toda la muerte". Giro la cabeza y veo la pistola encima de la mesita de noche, que también se burla de mí, con los restos de su carga de muerte hibernando en su fría ánima, provocándome como aquella noche de hace años, pidiéndome que vuelva a empuñarla y que vuelva a avanzar hacia él con ella en la mano. Un solo disparo, y la cara amada, la cara mil veces cubierta de besos, mil veces venerada y luego odiada mil veces fue arrasada por el plomo candente, y así sigue, noche tras noche, y hace ya tantos años...

Lo oigo tras la puerta. Él también tiene miedo, puedo sentirlo supurar a través de ese torbellino de frustraciones, recuerdos, furia y demencia que es su mente. Lo sentí el día del entierro, cuando, susurrando su ira sorda y apenas contenida a través de la madera del ataúd, me dijo que volvería, que aquella misma noche volvería, que le daba igual la muerte, que le esperara porque volvería, y lo hizo. Y yo estaba allí para esperarle. Como ahora, encogida y sumisa ante ese hombre enloquecido que quiere volver a ser un niño y no puede, que me golpea y me escupe a la cara su resentimiento, su desconcierto, que busca culpables, que quiere señalar a alguien como al causante de sus desgracias, que me ha convertido en el gatito al que se tortura porque te obligan a volver temprano a casa. Porque él tampoco es libre, también de él se burló la muerte. Y vuelve a casa, noche tras noche, porque ya no sabe hacer otra cosa más que buscarme para seguir odiándome y seguir gritándome su odio a la cara. Porque aunque ahora ya no me puede golpear, y ya hace tiempo que dejó de intentarlo, necesita herir de cualquier manera a ese ovillo de carne acurrucada en un rincón que tiembla, que reza a un Dios en el que no cree, que intenta cerrar los ojos pero no puede, que sólo desea verle caer sobre la cama y dormirse musitando incoherencias entre gemidos para acostarse al lado de ese desquiciado horror que hace una eternidad cogía su cara y miraba sus ojos con centelleos de amor y deseo infinito en su mirada.

Ya nadie viene a la casa. Tras la Noche de la Muerte, casi todo el mundo creyó la historia del suicidio, todos esperaban algo así, y en cierta manera suspiraron aliviados, pero progresivamente dejaron de venir, dejó de interesarles la compañía incómoda de una especie de fantasma desorientado que hacía un esfuerzo por enfocar una mirada perdida y vacía hacia ellos, sin importarle lo más mínimo lo que le decían, sonriendo estúpidamente desde el sillón. Lo prefiero. Sus rostros y sus cuerpos también se desdibujaban progresivamente, se me antojaban maniquíes en movimiento, o esos modelos de figuras de madera que utilizan los pintores y que pueden adoptar diferentes posturas. Me alegré cuando el último amigo dejó de aparecer por la casa. Ahora estamos solos los dos, y lo mismo que hace tiempo vivimos nuestro paraíso vivimos ahora nuestro infierno, juntos, juntos para toda la eternidad. Y yo sólo sé que su odio es tan grande que ha vencido a su locura y a su horror, y vuelve a subir las escaleras cada noche, camina por el pasillo en tinieblas y abre la puerta de la habitación donde yo le espero, y sabe que mi miedo es infinito, que lo puede sentir, aunque tras la Noche de la Muerte, cuando en el forcejeo la pistola se disparó a bocajarro sobre mi cara, mi rostro no pueda reflejarlo...

 

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11 Julio 2009

Vampirica

VAMPÍRICA

VÍCTOR LEÓN FERNÁNDEZ

 

Me acostumbré a soñar con lugares remotos en horas interminables, perfumes mortuorios introduciéndose en lo más profundo de mis memorias, letargos tan reales, que a veces se mezclaban con la realidad provocándome una confusión sobre el estado de mi existencia. Los días se tornaban abulia, una pereza total se apoderaba de mis actos, no poseía motivación alguna para aferrarme a la existencia, el único lugar donde mi alma podía recobrar su disminuida energía se encontraba bajo las alas del sueño. En ese sitio donde las fantasías renacen dentro de lo más íntimo de nuestras perversiones, pude al fin recuperar mi motivación, y a su vez, un delicado estímulo; me llevó a los rincones ocultos de la historia del planeta, un tiempo que no puede ser ubicado bajo ninguna condición dentro de los límites de la línea cronológica, a este tiempo onírico y hermoso le he dado el nombre de los siglos oscuros. He aquí una de mis experiencias dentro de este pseudo paraíso.

Caminaba por un oscuro callejón bajo la inquisidora mirada de la luna. La niebla era cada vez más densa y espesa, apenas se podían divisar algunas negras siluetas de transeúntes que daban un paseo por los rincones más desconocidos de la ciudad de Rancagua. Encendí un cigarrillo mientras disfrutaba de lo solitario del ambiente, reinaba el silencio con solemnidad, de pronto un grito agudo y penetrante, semejante al chillido agónico de un cerdo al ser sacrificado, quebró la quietud de las tinieblas.

Intenté seguir el origen del grito, parecía provenir de un callejón muy próximo a donde me encontraba, mi respiración comenzó a agitarse, poco a poco mis oídos percibían otro sonido, muy distinto al anterior, pero no menos inquietante. Parecía el llanto de una niña pequeña, demasiado aterrorizada...

El ruido se escuchaba cada vez más nítido, lo que indicaba que me estaba acercando a mi destino. Entre la espesa niebla pude divisar una hermosa niña aferrándose al cuerpo de un hombre que yacía en el pavimento, lloraba desconsoladamente, con la respiración ahogada por la angustia y el miedo. Me acerqué a ella, con mucho cuidado para no asustarla, toqué el cuerpo del hombre: Estaba frío. Sus ojos completamente abiertos habían congelado su última mirada, el hombre sufrió una muerte violenta y la pobre niña lo contempló todo con sus inocentes ojos. Decidí llevar a la niña a mi hogar, en ese momento no me importó el cadáver del hombre, lo primero era la tranquilidad de la niña.

Gradualmente, la pequeña pareció recobrar la serenidad. La recosté con mucho cuidado en mi dormitorio, esa noche yo dormiría en el sofá; y al amanecer informaría a la policía sobre mi hallazgo.

Cuando por fin pude conciliar el sueño, extrañas imágenes comenzaron a atormentarme. El hombre que yacía en el pavimento se arrastraba ante mí implorante: -Dame Paz -decía, yo no podía entender nada.

Al amanecer desperté sobresaltado por una risa infantil, busqué a la pequeña por todas partes, pero había desaparecido. Pero, eso no era lo peor: Dos gigantescos charcos de sangre manchaban mis sábanas. ¿Alguien había entrado?... Eso era Imposible. El sistema de seguridad de mi hogar se habría activado, nadie podía haber ingresado en la noche. Entonces la pregunta surgió en mi cerebro: ¿De dónde provenía toda esa sangre?... ¿Podría yo ser capaz de haber asesinado a una niña inocente y haberla ocultado en un rincón de mi hogar? Aunque esto sonaba macabro, era una alternativa posible. Así es que recorrí todos los rincones de mi hogar buscando el cuerpo de la niña, pero todo fue en vano... Estaba comenzando a enloquecer, debía hacer algo rápido, pero no se me ocurrió otra idea que inyectarme una buena dosis de codeína, y emborracharme con una botella de Ron. Solo así pude olvidar mi pesar por algún tiempo, en el deplorable estado en que me encontraba, creía oír a veces la risa de la niña como si ella jugueteara por mi hogar.

Repentinamente el sueño volvió a apoderarse de mí: Me encontré en otro tiempo, en un lugar semejante a palestina. Un hombre crucificado, se levantaba de su sepulcro, de sus heridas manaba abundante sangre que caía a chorros al suelo. La niña aparecía entonces y se arrodillaba frente al hombre y comenzaba a lamer sus heridas.

 

Cuando desperté algo dentro de mí había cambiado. Mi mente parecía haber sufrido un trastorno particularmente bizarro, mis sentidos se alteraron de un modo extraño, cada uno de estos se había agudizado. Podía percibir cosas que ningún ser humano lograría sentir. Escuchaba el sonido del aire, el particular ruido que emiten las hormigas cuando devoran a su presa, podía ver a través de gruesas superficies, observaba con nitidez las partículas que conforman el aire, en fin; poseía una amplia superioridad sobre cualquier ser medianamente pensante en la faz del planeta, pero esto no era todo.

Fue una noche de julio cuando logré comprender la causa que había provocado estos trastornos en mí, puedo asegurar que no estaba dormido, de hecho caminaba por las callejuelas de Rancagua, en medio de la oscuridad. Ahora disfrutaba enormemente la noche, pues en el día me sentía enfermo y fatigado a pesar de que me alimentaba con gran avidez.

Me asombré enormemente al contemplar al hombre que yo creía muerto, arrastrándose con la mitad de su cuerpo por las calles de la ciudad, se acercaba gimiendo hacia mí, con una voz que trataba de parecer humana, pero más bien se asemejaba al aullido de un animal salvaje. Cuando estuvo frente a mí abrió completamente su boca desdentada y vomitó un liquido que parecía sangre, pero era considerablemente más viscoso y repulsivo. Entre todo ese horror orgánico el hombre me advirtió: -Ella vendrá por usted.

 

Después de esto el hombre desapareció, sin dejar rastro...

Corrí por la ciudad asustado, sentía que una fuerza maligna me perseguía... Yo corría sin saber hacia dónde, hasta que algo invisible golpeó mi nuca y me derribó dejándome inconsciente.

Ella me miró a los ojos y con su voz dulce y melodiosa como un coro de serafines, dijo: -Toma mi mano y sígueme.

 

Cómo si todo el mundo cambiara en un pestañeo, me encontré en un lugar desconocido, todo parecía mutilado; el cielo horriblemente negro, no poseía estrellas; la flora y fauna eran extrañas a todo lo que había visto en el mundo, seres alados surcaban los cielos con infinita gracia.

Ella me miraba y sonreía con una dulzura confusa, algo perversa. Es difícil para mí describir lo prodigioso de la desértica naturaleza que ahora mis ojos contemplaban, tiempo después supe el nombre de aquél país: Olvido.

A medida que mi compañera y yo avanzábamos por ese terreno yermo y muerto, vi un lugar muy extraño, pero bastante familiar.

Era mi tierra natal. Un lugar al que sus habitantes llamaban Pueblo de Brujas. allí monstruosas cadenas de montañas estaban perforadas por un gran número de cavernas, que según la leyenda, servían de moradas a mendigos que no pertenecían al mundo de los hombres, no tardé demasiado en comprender que las historias que contaban los viejos en el pueblo eran algo más que simples leyendas.

La niña me llevó dentro de una de las innumerables cavernas, me contó una historia, un relato que para siempre cambiaría mi percepción del universo. Me contó acerca de un hombre que venía desde las estrellas, un ser excepcional maldecido por su Dios, y condenado a morir en manos de su propio pueblo. Un ser que gobernaba en un lugar más allá de la noche, alguien que al morir en la cruz había murmurado una extraña sentencia:-El que beba de mi sangre y coma de mi carne, tendrá vida eterna.

 

En la época medieval sanguinarios hombres usando el estandarte de la cruz, buscaron el recipiente que contenía la sangre del ángel descendente. Los hombres buscaron en lugares equivocados.

Yo había sido elegido entre millones de seres para absorber aquél precioso líquido. En una caverna rodeado por seres que parecían eternos, aquella niña me dio a beber de aquel recipiente de oro.

La preciosa droga me sumió en un estado de excitación profunda, demasiado profundo como para no percatarme de que había sido iniciado en una nueva forma de existencia, privado de absurdos sentimientos como amor, piedad y compasión. Me transformaba poco a poco en un ser superior. La niña reía con una carcajada maldita. Su rostro antes hermoso y angelical se contraía en una expresión demoniaca, llevaba un bebé en sus brazos, un bebé que lentamente calmaría su sed, esa sed maldita y criminal a la cual mi estúpida curiosidad me había llevado.

Ahora estoy aquí, en la profundidad de una caverna, oculto de los seres que más amo, pedazos de cadáveres decoran mi morada, la niña maldita yace a mi lado, todas las noches ella me trae una víctima para saciar mi sed, mis ojos jamás podrán contemplar un nuevo amanecer. La noche y la diabólica niña serán mis únicas compañeras por el resto de la eternidad.

 

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11 Julio 2009

MI QUERIDA MUERTE

Mi Querida Muerte

 

Hoy he visto a la muerte y me ha dicho que pronto nos reuniremos. Que está deseando tenerme a su lado, que se siente muy sola yendo de un lado a otro llevándose almas que, al fin y al cabo, no son para ella.
Pero conmigo es distinto, quiere que le siga en sus viajes, que sea su discípula en la eternidad. Que sea su compañera, amiga e hija, y que aprenda todo lo que pueda para algún día ocupar su lugar.
No es fea y fría como piensan algunos, se nota que no la han conocido. Todo lo contrario, es cálida y dulce como el buen vino, lo único frío en ella es su mirada, como de hielo, pero incluso el hielo llega a quemar cuando lo tocas sin guantes.
Es la más bella que he visto nunca, tiene una belleza sepulcral, pero belleza al fin y al cabo.
Al conocerla se ha despertado en mi un gran interrogante,¿por qué le tienen miedo? No lo entiendo, desde que la he visto sólo pienso en el momento de reunirnos y unirme a ella en ese cálido abrazo que me dará la eternidad.
Gracias a ella seguiré siendo joven por siempre, igual de bella por siglos. Qué tiene eso de malo? Es lo mejor que podría pasarme en estos momentos de eterna angustia que llevo sufriendo desde hace años. Por fin se acabará la tristeza sin explicación, la angustia absurda presente todo el día, a todas horas.
Y cuando hayan pasado las décadas, los siglos, los milenios, yo seguiré aquí, sabiendo todo de todo , de todos. Habré visto cómo la humanidad se ha destruido a sí misma, como hace con las demás cosas. Toda la tierra será un país tercermundista sumido en la miseria y el caos. Para entonces ella morirá en mis manos y yo ocuparé su lugar, crearé mi propio reino, no dejaré que las almas vayan a una u otra dirección, sólo se quedarán conmigo. Y lo harán voluntariamente, porque para entonces la vida será tan muerte que se enamorarán de mí y preferirán mi mundo.

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11 Julio 2009

LA HUELLA DE LA BESTIA

LA HUELLA DE LA BESTIA

GONZALO HERNÁNDEZ SANJORGE

 

-A mi me gusta la forma en que matás: rápido, seco, como si le metieras la muerte adentro y les calzara perfecto -dijo Pedro.

Era la primera vez que escuchaba a mi primo elogiarme. No hice ningún comentario acerca de su afirmación porque me entretuve en mis pensamientos. Nunca antes lo había considerado, pero sus palabras eran ciertas. Yo mataba rápido, de un golpe certero, justo, sin más movimientos que los estrictamente necesarios. La mayoría de las veces mis víctimas no llegaba a decir nada, mucho menos gritaban. Me bastaba una puñalada profunda, un poco más arriba de la boca del estómago -a veces me veía obligado a hacer un leve movimiento hacia arriba- y entonces aparecía esa mancha roja y fluida que les salía de entre los labios, ahogándolos. Se desplomaban como si fueran enormes muñecos de piedra que repentinamente perdían el equilibrio. Nunca me jacté de hacer bien mi trabajo. Sabía que a matar se aprende. Ahora se que a todo se aprende en la vida, incluso a morir. Entonces no lo sabía. De haberlo sabido no hubiera tenido tanto pudor en esgrimir la muerte, ni me hubiera esforzado en que fuera lo menos doloroso y lo más deprisa, como para que no se dieran cuenta que la vida se les iba. De haberlo sabido seguramente no me hubiera importado hacer como esos que cuando asesinanparece que les hacen estallar la muerte dentro a los otros y la sangre salta para todos lados, como si los cuerpos la escupieran mientras se retuercen como pescados en un fregadero.

Aquellas palabras de Pedro fueron pronunciadas la misma noche en que entramos a una casa a robar y no me quedó otra alternativa que matar al sujeto que vivía ahí. Poco había de valor en ese lugar. Apenas sacamos unas pocas prendas de abrigo y una caja llena de lo que parecía ser instrumental médico. Sólo eso pudimos llevarle al gordo Segura, un tipo obeso, siempre sudoroso y desprolijo, que tenía una panadería cerca del puerto donde íbamos a venderle las cosas que robábamos. Pedro se quedó con una lapicera dorada que le gustó. Yo me quedé con un tatuaje. Mientras mi primo revisaba el muerto para ver si tenía alguna cadena de oro, vi que sobre el hombro llevaba un dibujo que me pareció muy bonito. Era un círculo dentro del cual destacaban unas manchas oscuras. Los bordes del círculo estaban llenos de símbolos extraños entre losque figuraba algo como una huella. Tan atraído me sentí que abrí puertas y cajones hasta encontrar un papel y con la lapicera que Pedro había puesto ya en su bolsillo, comencé a calcar el dibujo. Dos días después yo tenía mi tatuaje en el mismo lugar que la víctima.

Cuando fuimos a ver al gordo Segura, su despacho estaba repleto de cajas de computadoras. Me sentí ridículo con nuestro magro botín. Bebimos vino en unos vasos grasientos y nos ofreció que lleváramos un contrabando hasta el puerto de Mazarra, en la selva. Primero había que transportar la carga en un camión hasta Santa Elena, allí conseguir un bote y subir por el Río Blanco hasta tomar una de sus vertientes, el Guaribo. Entre una cosa y otra nos ocuparía un par de semanas. Nunca había hecho algo así, no era lo mío. Pensé que había demasiadas cosas que yo no podía controlar, así que no quise hacerlo.

-Mirá pibe, estás metido en la mierda hasta el cuello, así que te conviene aceptar -dijo el gordo sin alterarse, como si fuera un amigo que da un consejo.

En verdad, el gordo Segura me necesitaba, conocía muchos ladrones pero éste era un trabajo en el que había que matar si hacía falta. De todas maneras, no tenía por qué desesperarse, tenía todas las de ganar. Sabía de mí más de lo que yo hubiera querido. Tenía deudas de juego con un fulano y ahora estaba buscándome para que le pagara. El gordo se había enterado. Si abría la boca y les decía como encontrarme, la iba a pasar muy mal. El dinero que nos ofrecía no era demasiado, pero servía para cubrir esa deuda. Era eso o, en el mejor de los casos, una paliza y algún que otro dedo quebrado. Terminé por aceptar.

Pedro vendría conmigo. También iría un tal Tachuela, uno de los hombres de Segura. Como yo prefería tener alguien que supiera manejar un bote y en quien poder confiar hablé con el Nico, uno que conocí en prisión y que de vez en cuando robaba con nosotros. Cuando no hacía eso estaba trabajando en algún barco pesquero. No quiso aceptar.

-Ni loco me meto en el Guaribo. Es peligroso.

-No seas tarado.

-Mi madre me decía que cuando era chica escuchaba a mi abuelo contar cosas de ese río.

-¿Vos también crees esas pelotudeces?

-Tomálo como quieras, pero yo no voy. -el Nico apuró lo que le quedaba de caña con limón y se fue.

Como no conseguí a nadie más, tuve que conformarme con el tal Tachuela. Era un tipo sumamente callado y tan opaco en los gestos que uno nunca podía saber qué estaba pensando. Al menos alguna vez había estado en un bote.

A no ser por la incomodidad de viajar en la parte de atrás del camión sintiendo frío porque lloviznaba, y la lona del camión no servía para dar calor, no hubo mayores inconvenientes. En Santa Elena el bote ya estaba esperando.

El Río Blanco es amplio, de aguas serenas pero con corrientes que permiten que una embarcación pequeña viaje rápido. El ruido del motor de nuestro bote era casi lo único que se dejaba escuchar entre el monótono canto de las aves. El Guaribo, en cambio, es más estrecho, de un agua oscura y espesa por la cantidad de lodo. Poca luz se filtra por entre los enormes árboles que se extienden sobre la orilla. Si bien es cierto que no me creía todas las leyendas que se tejían en torno a ese río, no podía dejar de reconocer que era fácil que existieran esas historias siendo el río tan sombrío y desagradable.

Aún no llevábamos ni la mitad del Guaribo transitado cuando una tarde, al anochecer, mientras yo tamborileaba con las manos sobre unas cajas al ritmo de la música que salía de la radio, la voz de Pedro nos llamó la atención:

-¡¿Y estos quienes son... los amigos de Pocahontas?! -dijo sin que su mirada saliera de la incredulidad al ver aquellos seres que parecían salidos de la edad de piedra.

En cada orilla había una multitud de hombres, uno al lado del otro siguiendo el contorno de la costa. Por única ropa llevaban una especie de taparrabos. La piel tenía un color gris azulado, como si se hubieran pintado con ceniza coloreada. De pronto uno de ellos, con su arco, lanzó una flecha cuya punta llevaba fuego. El silbido de la antorcha pasó muy cerca de nosotros. Pedro atinó enseguida a tomar el arma que llevaba consigo, pero fue algo inútil. Una feroz lluvia de llamaradas nos hizo imposible permanecer en la endeble embarcación. Estabamos demasiado indefensos allí.

Equivocado o no, lo único que atiné fue a tirarme al agua. Sentí que detrás de mí otro cuerpo había tomado la misma determinación. Reconocí que era Pedro. No supe entonces que pasó con el tal Tachuela. Mientras nadábamos pude escuchar cómo se incendiaban las cajas de madera que llevábamos. Me detuve y vi el bote en llamas. El cuerpo del Tachuela colgaba de la embarcación, enganchado el pie en una cuerda. En su espalda se había clavado una flecha de fuego que empezaba a encenderle la ropa.

Pedro y yo continuamos nadando. No en dirección a la costa, sino que nos ayudamos a avanzar con la corriente, tratando de alejarnos cuanto nos era posible. Recién cuando por fin nos sentimos seguros y estuvimos al borde de nuestras fuerzas, nos dirigimos hacia la orilla.

Estabamos tratando de secarnos y encontrar la manera de salir de allí cuando aquellos extraños seres nos rodearon y nos apresaron con sus fuertes manos. No los escuchamos llegar. Parecía que no hacían el menor ruido en ese suelo que crujía bajo nuestros pies, como si fueran hábiles cazadores o presas muy cuidadosas. Intentamos resistirnos pero fue inútil. En el forcejeo alguien vio mi tatuaje y, poniendo una mano a los costados de la boca, lanzó un chillido enorme y profundo que pareció rebotar en las copas de los árboles. Entonces todos se inclinaron como en una reverencia, llevando sus rodillas a tierra. Quienes me sujetaban, dejaron de hacerlo.

-Mirá vos cómo te quieren los muchachos-dijo Pedro en su tono burlón tan característico- Si no sacamos ventaja de esta, no la sacamos más -agregó en voz baja, inclinándose hacia mí.

Cuando terminó la reverencia, desgarraron la camisa de Pedro pero no encontraron ninguna marca. Uno del grupo se acercó y me dio un cuchillo. Entendí que quería que matara a Pedro. Debía hacerlo. No dijo una sola palabra, pero algo dentro mío comprendió eso con lujo de detalles. Giré lentamente hacia Pedro, empuñando la pesada hoja de metal.

-¿Qué vas a hacer? Mirá que no tengo ganas de jugar a los cirujanos -dijo Pedro. No podía evitar sentirse temeroso de que lo sostuvieran como a un animal que van a desollar.

-Confiá en mí.

-¿Pero qué vas a hacer con eso?

-Confiá en mí, por favor ¿Puede ser?

-Está bien, está bien.... -me dijo, resignándose.

Esperé hasta que mi mirada fue capaz de transmitirle seguridad y entonces, cuando menos lo esperaba, clavé el cuchillo en su cuerpo. Murió de inmediato. Supuse que terminó de la manera en que él más admiraba. Aunque ahora estaba sólo, había salvado mi vida y ganado tiempo para pensar cómo salir de allí. Unos hombres se llevaron el cuerpo, arrastrándolo. Nosotros nos dirigimos en otra dirección. Nunca me interesó saber qué hicieron con el cadáver.

Mientras caminábamos me di cuenta que sobre el hombro, en el mismo lugar en que yo tenía el tatuaje, ellos tenían una marca, una especie de arañazo, como si fueran marcas dejadas por unas pezuñas enormes. No hablaban ni emitían sonido alguno, aunque a veces se miraban y hacían gestos como de haber dicho algo.

Me condujeron hasta una pequeña aldea cuyas construcciones estaban hechas con tierra y madera. Me asombró la altura y lo bellas que eran, aunque presentaban claros síntomas de deterioro. Trajeron una enorme silla de madera y me sentaron delante de una de esas torres amarronadas. Algunos que tenían flautas y tambores, comenzaron a hacerlos sonar. Otros danzaban. Hombres y mujeres se movían por igual. Me trajeron frutas y un cuenco con un sabroso licor. Cada tanto los bailarines se trenzaban en furiosas peleas que más de una vez concluyó con la muerte de uno de ellos. Supongo que en ese momento me asombré, aunque ahora no recuerdo haberlo hecho. Recuerdo sí que el matador dejaba siempre el cadáver delante de mi silla. Los que bailaban se acercaban poco a poco al muerto y hundían sus furiosos dientes en la carne, arrancaban un mordisco y lo escupían sobre el fuego. No me gustaba el olor que se desprendía. No sabía qué debía hacer, qué esperaban que yo hiciera. Intenté que no se dieran cuenta de mis dudas. Temí que de no hacer lo correcto me fuera imposible salir de allí con vida.

Estaba en esos pensamientos cuando padecí un gran mareo. Supongo que me quedé dormido. Cuando desperté había cinco hombres en torno a mí. Eran como los demás, pero de rasgos más delicados y no llevaban ningún tinte en la piel. Me pidieron que fuera con ellos y así lo hice. Tampoco hablaban con sonidos. Vi que los hombres y las mujeres de la aldea estaban tirados en el suelo. Supuse que estaban dormidos, aunque las posturas eran tan ridículas como las de los muertos. Aún sobrevivían mustiamente algunas fogatas. La claridad del alba comenzaba a inundar las cosas.

Noté que estos hombres tampoco hacían ruido al caminar. Me llevaron a otra aldea. Era igual que la anterior, pero más bonita y cuidada. Todos allí tenían los rasgos y los gestos más delicados quelos del primer grupo. Me condujeron hasta el más anciano de todos. Me dijo, haciendo resonar dentro mío mi propia voz, que ellos sabían que llegaría. Hacía ya mucho que me esperaban. Se alegró de que por fin estuviera entre ellos, pues todavía había tiempo. Agradecí y no dije nada más, como un jugador de ajedrez que mueve una pieza para hacer que el oponente deje al descubierto su estrategia.

Durante los siguientes días permanecí dentro de la choza que me asignaron, descansando y pensando cómo haría para salir de todo eso. Comía, dormía y las mujeres venían a untarme el cuerpo con aceite perfumado y hacerme masajes mientras cantaban y quemaban dulces pétalos en cuencos de barro. Ninguna de ellas quiso hacer el amor conmigo, aunque por las risitas era evidente que les gustaba ver cómo sus masajes y palpaciones a veces ponían rígido mi miembro. También pasaba parte del día jugando con los niños que venían a visitarme. Con un gran cuchillo les hacía toscas figuras de animales en madera.

Pasó un tiempo (desde ese instante me di cuenta que había perdido la noción del tiempo) hasta que me llevaron ante un grupo de siete ancianos. Me aseguraron que yo era el único indicado para poder salvarlos, que de mí dependía la supervivencia del grupo. De lo contrario deberían regresar para siempre a las selvas más oscuras y dañinas que se pudiera imaginar. Pude sentir el dolor que eso significaba. Me aseguraron que me enseñarían muchas cosas hasta que yo fuera tan poderoso que pudiera cumplir mi misión. Me prometieron despertar en mí potestades profundas y hermosas.

Esa noche no hubo niños que se quedaran a dormir en mis habitaciones. En cambio, una bella muchacha vino a entregarme su cuerpo. Me explicó que durante todo el tiempo que durara la cópula yo debía repetir el sonido de cinco letras que hizo resonar en mi s oídos, en mi sangre, en mis huesos. Me explicó la entonación con la que debía realizarse. Debía hacerlo, era imprescindible que lo hiciera. Por supuesto, el deseo de su carne joven, me distrajo. Demasiado pronto, sin que yo lo pudiera contener, me derramé dentro de ella. La muchacha comenzó a moverse presa de un espasmo y finalmente quedó completamente rígida. Sus ojos abiertos tenían la profunda desesperación de un grito que no podía dar. De su pétrea consistencia emanó un calor indescriptible, hasta que se prendió fuego. No hice nada para impedirlo, aunque puede que esto último no sea cierto. Recuerdo estas cosas con una tranquilidad que seguramente no fue mía, como si todas las perturbaciones hubieran sido vividas en la más absoluta serenidad. No me extraña eso, ni que use palabras que me eran ajenas pues ahora que no estoy completamente en mí experimento una comprensión que nunca tuve.

Nadie me culpó por lo ocurrido, sólo yo me acusaba. Mi angustia y mi miedo eran horribles. Advertí que ya no era el mismo. Más de una vez había forzado a una mujer y nunca me importó el dolor o el asco que sintieran. Sin embargo, me inquietaba ser el culpable de una muerte tan extraña. Me resultaba horrible pero también delicioso, debo confesarlo. Me pareció estar cercano a secretos enormes y magníficos. Fue entonces que me aproximé a la delicia de sentir que albergaba poderes increíbles.

Luego de eso hubo más niños que de costumbre. Todo el tiempo jugábamos. Ellos continuamente repetían y me hacían repetir las cinco letras, enseñándome a tener un solo pensamiento por vez. Con ellos aprendí muy rápido. Sólo cuando logré permanecer con el mismo pensamiento durante horas, tuve la visita de otra mujer. Era la hermana de la muchacha que mi lujuria había convertido en ceniza.

-Soy la otra mitad del secreto -me dijo- No hay qué temer. Ahora tú mismo tienes la otra mitad de ti.

Esa noche, cuando supo que estuve a punto de derramarme, me susurró al oído los movimientos que debía hacer y entonces sentí la intensa plenitud del goce como lenguas de fuego que se desparramaban en todas las direcciones, rodeándonos, envolviéndonos. Pero nada salió de mi cuerpo. No experimenté ni el más mínimo cansancio. Ella me indicó como hacer para beber todo el fuego, toda esa energía que se había creado.

La reiteración de estos rituales amatorios hicieron que yo comenzara a crecer más allá de los límites de mi cuerpo. Eso me dio la facultad de aprender cosas que hasta ese momento no había ni tan siquiera sospechado. Podía usar mis pensamientos para mantenerme dentro de las piedras, de las plantas y de los animales y conocer cada una de sus sensaciones.

Si bien nadie podía entrar en los pensamientos de los demás hombres, un día el más anciano me permitió permanecer en los suyos y así comprendí los mayores secretos de ese pueblo. No pertenecían a este mundo, sino a un lugar donde la magia, es decir la sabiduría sin razonamiento, nacía ya dentro de cada uno. Aún estaban a medio camino entre ambos sitios. Tenían su parte importante dentro de la infinita lucha cósmica entre el bien y el mal. Eran los encargados de dotar al planeta de nuevas propiedades, necesarias para el desarrollo de los futuros acontecimientos dentro de miles de años, generando nuevas especies de plantas con propiedades más poderosas que las existentes hasta ahora. Habían sido enviados por seres superiores a los cuales se refirieron como los hermanos mayores de toda luz. Sin embargo, toda buena acción también despierta el mal. Los señores de la oscuridad desplegaban sus fuerzas en contra de ellos. Les enviaban a un ser cuyo nombre me fue revelado pero sólo con la condición de que lo mantuviese absolutamente oculto, aún a mí mismo, pues cualquier invocación -por pequeña que fuera- hacía crecer sus poderes.

Esa singular entidad había adoptado la forma de una bestia feroz y sanguinaria. Cada cierto tiempo se presentaba y despedazaba a los integrantes de la tribu de una manera espantosa, sometiéndolos a un dolor y un terror indescriptibles, de tal manera que accedía a sus peores pensamientos y de allí se alimentaba. De esa forma continuaba creciendo y tornándose más bestial. Sólo cuando todo el mal que podía sacar de ellos se había cumplido, entonces el bien que había en sus corazones podía vencerlos. Los salvajes de ese pueblo, que eran quienes me habían capturado, se comportaban como animales y se permitían cualquier depravación. Habían resultado heridos por la bestia en anteriores incursiones, sin poder obtener la purificación de la muerte. Estaban cruelmente contaminados. Me salvaron la vida porque creyeron que era un emisario del abominable monstruo.

Todo el bien del que eran capaces no hacía que la bestia se extinguiera, apenas si lo debilitaba temporalmente. Cuando esto ocurría el poderoso engendro se retiraba a sus fétidas moradas y sacaba nuevas energías de la putrefacción hasta que se tornaba lo suficientemente poderoso para volver. Existía únicamente una forma de vencerlo y sólo podía realizarla quien tuviera contacto con ambos mundos y conociera tanto el bien como el mal. Por ese motivo habían entrenado mis pensamientos, haciendo crecer mi energía. El tiempo del gran encuentro se acercaba. Entonces comencé a ser adiestrado en enfrentar el temor sin temerlo.

Un día se empezaron a escuchar alaridos entre el follaje de la selva y venía desde allí un olor nauseabundo que destruía por completo los troncos de los árboles. Las entrañas de los salvajes comenzaban a ser devoradas por el nauseabundo animal de la oscuridad. Los siete ancianos se presentaron ante mí y me dijeron que la hora era cumplida. Sólo yo podía realizar la gran tarea de destruir al poderoso hijo de lo fétido. Para ello debía concentrarme en el nombre secreto de la bestia y permaneciendo donde él vivía debía llenar ese recinto con toda la luz de los fuegos que yo había aprendido a generar haciendo el amor a una mujer. Al concentrarme en él mis pensamientos lo harían crecer, pero sólo lo que da vida puede quitarla.

Me dieron a beber un líquido amargo y de color verde. Tenía sabor a raíces. Me dijeron que poco a poco mi cuerpo se iría adormeciendo, pero que no me distrajera de mis tareas. Tras beber la espesa bebida comencé a sentir un sopor a la vez que comenzaba a deslizarme por un larguísimo túnel, como si viajara lejos de mi cuerpo. Mientras iba haciendo ese viaje, escuchaba a los ancianos que continuaban hablándome, explicándome lo que veía, guiándome, infundiéndome tranquilidad. Así los escuche repetir que sería el único que podría vencer al repugnante animal de la oscuridad. Pero toda gran proeza siempre está al borde de un gran fracaso. De no vencer, ellos serían devorados por la bestia y tal vez tardaran millones de años otros seres en regresar a este mundo a continuar con su tarea. Eso sin contar que el poder de este ser infame sería mayor que nunca, teniendo una puerta abierta para andar por este mundo tomando otras formas infames. Me dijeron que para vencerlo debía confiar en la luz que había desarrollado pues sólo yo poseía el nombre secreto dentro y su marca en la piel. Entonces las palabras comenzaron a llegarme de manera confusa, distorsionada, hasta que todo fue un silencio repleto de oscuridad y hedores insoportables.

Aquel sitio parecía oler a barro lleno de excrementos. Era la morada del peligroso animal. Podía sentir su pesado aliento entre esas miasmas. Pude ver su mirada y él vio la mía. Me sentí tan sereno y poderoso como una piedra. Poco a poco el brillo en mi interior iba creciendo. Sabía que así comenzaba mi victoria. Pude sentir su miedo. Todo dependía de mí, recordé que habían dicho los sabios. Recordé también que justo antes de entrar en la morada de tanta oscuridad, los sabios dijeron que tenía en mi piel la marca del animal. Recordé al hombre que originalmente llevaba el tatuaje. Entonces dudé y llegó hasta lo más profundo de mí un hedor aún más insoportable así como la fuerza caliente de la gran bestia. Fue como si de pronto yo flaqueara y me hubiera llenado de ese olor. Entonces sentí nuevamente el miedo. Ya no era el suyo, nunca lo había sido. Fue una treta de la que se valió para hacerme llegar hasta mi propio miedo. Me había dejado que lo creyera temeroso para que pensara en mi poder, para que mostrara en qué se basaba ese poder y así quedó al descubierto la pequeña grieta bajo todas las columnas de mi fortaleza. La duda dejó al descubierto mi temor de que quizá yo no era la persona indicada sino apenas un impostor. La bestia arrojó sobre mí un zarpazo furibundo. Sentí un dolor de una magnitud inaudita. Hubo un par de golpes más. Fue tan terrible que me vi devuelto a mi cuerpo.

Estaba en el suelo, tirado, inmóvil. Mi carne sangraba. Mis manos se encontraban deshechas, despedazadas y una pierna me había sido arrancada del lugar. No sentía dolor alguno. Supe que todo el miedo y el dolor me lo había devorado el maligno animal. Él había vencido. Pude ver, pude sentir, pude comprender -todo eso es ya una y la misma cosa para mí- que nadie en la aldea había sobrevivido. El lugar estaba devastado y lo poco que permanecía en pie fue cubierto de una tupida y malsana vegetación, como si hicieran miles de años que nadie habitaba ese lugar.

Escuché el insoportable rugido de la bestia. Mis pensamientos fueron hasta él y entré en los suyos. Me fue dado ver cómo había devorado a todo el pueblo. Sentí su descomunal cuerpo embistiendo contra las construcciones, derribándolas. Escuché el monstruoso sonido que hicieron los huesos entre sus colmillos, sus dientes que sólo despedazaban. Vi la violencia con la que aplastaba los cráneos, la violencia con la que partía hígados, pulmones, vientres. Entonces supe que no había sido mi poder el que me llevó hasta los terribles pensamientos de la bestia, sino que él me había convocado para que sintiera su gozo. Era su forma de disfrutar de mi osadía y mi torpeza.

No sé si yo realmente era un impostor o si acaso en verdad era el único que podía haber logrado vencer al gran triturador y la escabrosa forma en que obtuve mi tatuaje fue una manera en que el destino me colocó para hacer lo que debía hacer en esta vida. No lo sé y ya no tiene importancia. He fracasado. He dejado suelto y sin límite al gran depredador. Mis heridas no duelen. Tal vez por el brebaje que me dieron a beber, tal vez porque yo ya no sé cómo gobernar mi cuerpo. Sin embargo siento un dolor peor, mucho más difícil de soportar y que no cesa. Estoy atrapado en mí, atrapado en la angustia de no estar ni vivo ni muerto. Escucho que la bestia ronda. Espero que por una vez mis pensamientos sean más hábiles que los suyos y pueda convencerlo de que al no matarme está cumpliendo el castigo que me dieron los señores de la luz por mi fracaso. Tal vez su odio hacia el bien, su deseo de no compartir el bien en lo más mínimo, lo fuerce a terminar de una buena vez la muerte que comenzó a sembrar en mí.

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11 Julio 2009

obsesión oscura

Obsesión Oscura

Macrina, era su nombre tenia el cabello negro hasta la cintura, era delgada y tenia buen porte, su rostro era pálido sus ojos eran de color miel con pupilas muy moradas, su nariz era fina, y sus labios violetas, no sonreía ni mostraba emoción alguna, tampoco poseía amigos, su pasatiempo era escribir y escuchar su música favorita, ella era una gótica, para muchos odiados para otros comprendidos y para la minoría ignorados, nunca comprendió la amistad ni ningún sentimiento que involucrara compartir, salvo en los juegos de roll, que eran de alguna manera su escape hacia el mundo irreal, los pocos aliados que ahí poseía en la vida real no los tomaba en cuenta, para ella las persona ahí eran incapaz de mostrarse tal y como eran, para eso buscaban Un juego que los liberara de su imagen terrenal, ella no entraba en esa calificación ya que no sociabilizaba con nadie y macrina como su personaje era igual, su juego favorito era el de vampiros pertenecía al clan Tremer, de cierta forma se asemejaban a sus pensamientos e intenciones. Sus únicos escritos dirigidos a alguien en particular eran para Elioth, su master y único consejero, con el solo compartía experiencias del juego que nunca se desapegaron a la realidad mundana de su vida, Elioth, era como un "compañero de vida", que solo aceptaba cuando su depresión amenazaba con quitarle la vida antes de terminar el modulo, el la conocía muy bien tanto que se enamoro de ella, sin decírselo nunca claro, en las noches después del juego escribía cada parte a su manera incluyendo escenas de amor entre ellos dos una ves incluso le hizo en amor, ella estaba de acuerdo en convertirse en su mujer por que lo amaba, nunca se lo dijo a nadie y lo guardo en un lugar secreto para luego revelarle ese amor que no lo dejaba pensar, Creyó que con el tiempo eso se convertiría en una ilusión pasajera y todo seria como antes, por eso se puso de novio con una participante del juego constantemente las hacia paliar, se imaginaba las más locas perversiones con ellas incluso, pensaba que macrina asesinaba a su novia por su amor... todo eso lo izo delirar entre la ficción y la realidad, muchas veces sufrió perturbaciones sicopáticas, la seguía a cualquier parte la llamaba y le enviaba invitaciones para cualquier recital o presentación de algo que a ella le llamara la atención. Ella no sentía nada por él, en realidad nunca lo miro como un hombre siempre era su master, lo admiraba y respetaba como gran conocedor de música, juegos y diversas cosas, siempre tenia una respuesta para todo y era muy simpático, nunca se había cuestionado algún suceso que él ordenara. Su desesperación llegó al extremo de terminar con su novia, no podía seguir con ella si cada ves que le hacia el amor pensaba en Macrina, Se imaginaba sus besos y sus caricias, como la tocaba y como ella gemía de placer al estar en sus brazos, termino con su novia y fue a ver a su amada, sentía la necesidad de decirle lo mucho que la amaba aunque ella le dijera que no, el era hermoso, tenia un cuerpo muy bien cuidado del sol, era también gótico, usaba ropa negra y su abrigo negro hasta el suelo, sus ojos eran negros y sus labios de un rojo intenso, pelo negro y recto en melena, paso a una tienda y compro un disco de música góthic, así tendría una excusa para verla, llego a su casa y la llamo por teléfono, le pidió que se juntaran en una catedral, donde su tío era guardia, así escucharían el disco sin problemas y después jugarían roll con otros integrantes, ella acepto y se dirigió al lugar, cuando llegó toco a la puerta era inmensa, Elioth la saludo como de costumbre, el lugar estaba adornado con velas, al no haber nadie mas que Elioth exigió una explicación no quería jugar sola, seria aburrido
Macrina: todavía no llegan los demás, y tu novia?, pensé que estaría aquí contigo...
Elioth: no te preocupes ellos llegaran después, mira este es el cd,
Macrina: toma el cd y lo ve mientas pregunta ¿por qué no hay nadie cuidando esto?
Elioth: mi tío es cuidador pero esta de vacaciones, no creo que regrese pronto. Se acerca a macrina... y tu, pensé que vendrías con tu novio?
Macrina: yo no tengo novio, porque no comenzamos a jugar donde hay un equipo para poner el cd?
Elioth: en la recamara o en la biblioteca, hay que ir allá a jugar
Subieron las escaleras y entraron a la biblioteca, él coloco el cd muy despacio y miro a Macrina, todavía quieres jugar?
Macrina: si, claro comencemos... esta anocheciendo y tendré que irme pronto...
Él empieza a narrar la historia cuando el un arrebato de pasión, encierra a macrina en unas catacumbas... ella esta sola y no puede escapar, un hombre la persigue puede ser un velmonth, o un licántropo... ella utiliza taumaturgia, escapa sigilosamente y... Él interrumpe el juego, Y la mira muy serio diciendo.
Elioth: tengo que hablar contigo muy seriamente.
Macrina: ah, de que?
Elioth camina hacia su bolso y saca unos documentos, escribí algo y me gustaría saber tu opinión, le da los documentos a Macrina, los toma y comienza a leer de inmediato, él puede ver la expresión en su rostro de sorpresa cuando termino miro a Elioth sin entender ninguna palabra... nadie vendrá no es cierto, Nadie hablo por un momento, ella casi adivinando lo que pasaba corrió hacia la puerta con Elioth pisándole los talones, alcanzo a bajar la escalera pero el la agarro de la cintura y la sitúa en su hombro, ella grito y golpeo, pero nada surtió efecto el era mas fuerte que ella y no lograría soltarse tan fácilmente.
Macrina: suéltame... déjame no juegues así Elioth, no me gusta...
Elioth: yo no juego amor, solo quiero estar contigo, como mi reina en este... palacio.
Macrina: no seas psicópata no estamos en la época antigua, aquí hay gente que me buscara... mi familia me vendrá a buscar te lo aseguro...
Elioth: por favor mi amor, no caiga en la desesperación y digas cosas que no quieres... comienza a subir las escaleras con macrina en brazos.
Entra a una habitación, la luz era tenue, el ambiente era sutilmente adornado por la luz rojiza del atardecer, deja a macrina en la cama y cierra la puerta con llave...
Él la mira detenidamente, contempla la hermosura de su amada, ante sus ojos esta ahí sumisa a su adoración, ella viste una falda de tela negra con encajes de pentagrama un corsé negro con cordones y encaje en rojo, su pelo esta suelto, su rostro era hermoso tan blanco... terso lleno de expiración, inexistente para los demás pero para el algo sublime, sus ojos estaban fijos en el llenos de timidez y a la ves odio, sus labios eran de un violeta oscuro, cuado sonreía dejaba ver sus dientes blancos... se aproximo a ella, se incorporo en la cama y ella retrocedió estaba asustada...
Elioth: por que te asustas de mi macrina, soy tu master recuerdas... imagina que desde tiempos antediluvianos tu corazón de detuvo, dejaste la vida mortal para quedarte conmigo, aceptaste mi tutela y te comprometiste a la obediencia, y yo al verte desvalida te acogí y forme para lo que ahora te busco, te quiero, te amo y nunca te dejare, la entelequia sin ti seria volver a la vida, volver al dolor de una existencia proterva, condenada a la ruina de mi ser, enloquecería sin poder tocarte sin poder besarte, sin poder hablarte... esto es solo amor.
Macrina: esta es la realidad... por que no me dejas ir, ve con tu novia ella estará muy feliz de estar contigo... ella te ama
Elioth: no entiendes yo no quiero estar con ella, yo te amo a ti... te ame desde el comienzo cuando eras apenas una neonata... yo te convertí en lo que ahora eres por que te prepare para mi, para ser mi pareja... el se aproxima y la toma de los brazo. La besa, ella intenta resistirse no quiere, pero él la obliga le abre los labios con su lengua... la sujeta firmemente esta decidido a llegar hasta el final, él la conduce hasta el respaldo de la cama mientras la acaricia... le desamarra el corsé, ella grita pidiendo auxilio pero él le repite que nadie vendrá nadie la escucha.
Elioth: mejor seguiremos un nuevo relato... yo seré ahora un personaje y seguiremos la historia que te mostré en la biblioteca... te parece tu serás mi amante, no ya termine con mi novia tu serás mi pareja para siempre así estarás mas involucrada conmigo... que dices mi amada?
Macrina: yo no te amo!, no quiero estar contigo nunca, eres un maldito...
Elioth la golpea y la bota al suelo, ella intenta correr hacia la ventana cuando la toma de las manos y la lleva de nuevo a la cama,
Elioth: ves que haces que te lastime sin querer, yo no quería hacerte daño, si tu eres... mas amable conmigo... no te arrepentirías
Macrina: no me toques...
Elioth la toma fuertemente y la conduce hacia él, le saca el corsé y la besa, la acaricia la abraza...
Elioth: siempre soñé estar así contigo eres lo único que deseo aquí en esta mísera vida, no sabes todo lo que aria por ti, té daría todo, aria todo por ti, soy de ti Macrina siempre mi amor por ti trascenderá en la vida y en la muerte mas allá del universo más allá de que dicen nuestro dios, no tengo miedo a nada si estoy contigo, los más atroces crímenes cometería por ti...
Macrina: pero... si amor mío no se cuan siego he estado, mi ser es tuyo, te amo con todo mi ser y jamás me alejare de ti ahora que te e encontrado.
Elioth: no sabes cuanto desee escuchas esas palabras me haces el ser mas complacido del universo
Ella lo abraza y lo besa, se acarician... sé mimetizan en el placer del amor, son vulnerables ante el otro, frágiles ante palabras de amor y dóciles ante las caricias que la simple necesidad de afecto les provoca, los besos del otro parece el desenfreno de una locura que no tendrá fin, las caricias son flagelaciones de pasión, sus cuerpos fundidos en uno reflejan el sentimiento de delirio por el éxtasis que provoca el uno en el otro, ambos luchan por satisfacer al otro para entregarle su amor de la forma mas primitiva, su respiración es ahogada por gemidos de placer de delirio, el frenesí del momento llega a su fin, ambos satisfechos en los brazos de su ser amado, deseando que el momento nunca acabe, el recurre a las ultimas fuerzas para Dar fin al hecho de amor, y deposita en los labios cálidos de su amada un beso, él ultimo beso... antes de sucumbir a los efectos de la extenuación.
Ella se incorpora en la cama y se viste rápidamente la luz del amanecer entra por las ventanas e inunda la habitación, ella quita la llave de la puerta y sale del lugar, ahora ingresa a la realidad, una realidad que aqueja su vida desde su nacimiento. El aire frió de la mañana la embiste con placer y levanta sus cabellos largos por el viento, camina a su casa donde seguramente tendrá que dar explicaciones por la falta. Ella gira para ver por ultima ves esa catedral y dice:
Macrina: nuestras necesidades son distintas y jamás seremos dignos de amarnos, nuestros caminos se separan aquí ahora, para solo unirlos la muerte, eres el primero y el único que recordare.
El único que de verdad me amara, Como yo seria incapaz de hacerlo, te quiero.

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