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Causa de la muerte: Amor
Kan gótico
En una mano, el anillo que le quise regalar y que ella rechazó, la gota que colmó el vaso, en la otra, la pistola, mi única vía de salvación.
Llevo toda mi puta vida aporreando las puertas del amor, viendo cómo los demás podían entrar y yo me quedaba fuera, enloqueciendo, y muriendo por dentro. Las puertas que al principio eran doradas y cálidas, se fueron haciendo oscuras y frías, hasta convertirse en una droga que me mataba por dentro lenta y dolorosamente.
Una pistola, una bala, mi vía de escape, tan sólo tengo que apretar el gatillo, ya está, oigo la detonación, voy viendo mi triste vida pasar mientras el frío metal me va agujereando la cabeza. Mi última visión: la chica a la que amé con locura, por quien morí, salpicada por mis sesos y mi sangre. Y después, el eterno reposo de la muerte, mi única vía de escape...
Amantes Oscuros
Kan Gótico
Estaba allí, como de costumbre, arrodillada frente a esa sombría lápida, siempre vestida de negro, llorando oscuras lágrimas, la mujer más bella que he conocido jamás, y con un alma tan oscura, llena de soledad y tristeza como la mía. La necesitaba, sabía que la necesitaba aunque nunca había hablado con ella, necesitaba estar a su lado, que pudiéramos compartir nuestras vidas vacías para siempre, llenándolas el uno del otro, y haciéndolas así más soportables. No aguanté más, me arrodillé junto a ella, seguía llorando, y yo me puse a hacer lo mismo; eran lágrimas de desesperación, de una oscura e insoportable tristeza que llevaba sufriendo desde hacía tiempo. Ella era mi única oportunidad de no morir interiormente, de acabar con mi sufrimiento, y cuanto más me acercaba a sus labios negros, mojados por sus lágrimas de desamparo más me daba cuenta de que por fin encontraba un alma como yo en este mísero y traicioner mundo, sola y vacía. Me aproximé a su boca hasta fundirme en un esperanzador y cálido beso que duró hasta que nuestras almas solas y desamparadas se juntaron en una sola que completaba nuestras vidas y nos permitía morir con una pequeña dosis de felizidad en nuestros corazones, que tan torturados habían sido por la soledad.
¿MIEDO INFUNDADO?
ROQUE PÉREZ PRADOS
Hacía unos minutos que había salido del supermercado, y desde entonces Clara se sentía observada. Era una sensación que no podía describir, ¿un cosquilleo en el cogote? Se dio media vuelta y sólo pudo ver gente, gente que transitaba por aquella calle: un joven con pinta de estudiante, un ejecutivo... gente; las personas iban y venían imbuídas en sus pensamientos, sin fijarse en quien se podían cruzar por la acera. Eran cerca de las nueve de la noche y aunque se encontraba en una céntrica calle comercial, aunque muchos transeuntes la miraban sin verla, tenía la sensación, casi la certeza de que alguien la estaba mirando, alguien se fijaba en ella.
Después de girar a su alrededor para observar al personal, dejó en el suelo las pesadas bolsas que llevaba en sus manos y se abrochó el botón superior del cuello de su gabardina; hacía frío en aquella noche de invierno. Prosiguió su camino. A medida que se acercaba al parking, dos manzanas al sur del gran hipermercado donde había realizado sus compras, tenía la sensación de que cada vez circulaba menos gente por aquella calle. Apretó el paso para llegar cuanto antes al coche: en unos instantes estaría al volante de su BMW camino de casa, donde la esperaba Juan, su marido, y su hijo Carlos.
-No debería de preocuparme- Se decía Clara a sí misma -enseguida llego al coche, descargo las bolsas en el maletero y se terminó la historia ¡Vaya tontería¡ Parecía como si quisiera convencerse a sí misma de que no había nada de qué temer, de que todo eran simples imaginaciones de una chica de treinta y dos años preocupada y abrumada por los problemas de delincuencia callejera que día a día lee en el periódico.
Un chasquido a sus espaldas le hizo estremecerse y girar sobre sí misma... nada. En ese momento su corazón comenzó a latir más rápido de lo normal: las farolas alumbraban tenuemente la calle donde se encontraba, que ya no era aquella céntrica y comercial de hacía unos minutos, de hecho ya nadie circulaba por ella. Miró a su derecha y pudo ver a unos cincuenta metros la puerta del aparcamiento.
-Seguro que hay algún vigilante en la puerta -Clara arrancó a correr despavorida, una lata de foie grass cayó de una de las bolsas a consecuencia del vaivén de las mismas mientras corría. Veía acercarse la puerta del aparcamiento con gran lentitud mientras ella realizaba el mayor esfuerzo de su vida por ponerse a salvo de... ¿qué? Miró hacia atrás y no vio nada. Había llegado al aparcamiento, y en ese momento pudo pensar, y se sintió estúpida y ridícula.
-¡Dios mío¡ ¿De qué estoy huyendo? Soy una histérica -se repetía nuevamente a sí misma intentando volver a convencerse de que no había nada que temer. Después de unos minutos mirando la quietud que había a su alrededor, recuperó el resuello y se alegró de haber pensado como un ser racional: -Es posible que haya sido un gato o algún otro animal buscando entre los contenedores de basura.
En aquel momento, un coche salió del garaje, proporcionándole una sensación de mayor tranquilidad. El conductor, un señor de unos sesenta años, y más bien grueso la miró y acto seguido introdujo su ticket en el aparato que levantaba la valla de salida y su coche se perdió en la lejanía.
Clara entró en el aparcamiento. Inmediatamente se dio cuenta de que no había ningún vigilante: todo estaba completamente automatizado, un par de metros a su derecha se hallaba la máquina expendedora de tickets. La iluminación era bastante escasa para alumbrar un lugar tan grande, algunas zonas quedaban en una semi penumbra, precisamente donde se encontraban aparcados los coches en batería... y el sitio donde estaba la máquina. Esta se encontraba empotrada en la pared pero metida dentro de ella aproximadamente medio metro. Clara avanzó hacia ella y se detuvo justo delante. Dejó las bolsas en el suelo y abrió su bolso para coger el monedero. Levantó la cabeza y miró de izquierda a derecha: no había nadie, ni un alma. Apenas podía contar diez o doce coches estacionados. En ese momento, sintió frío.
Llevaba una chaqueta de lana debajo de la gabardina y sin embargo había sentido frío, pero no era esa sensación térmica que se puede tener cuando hay temperaturas bajas, era un verdadero escalofrío que recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies. Lo peor es que esta vez sí que tenía razones para inquietarse: en la entrada del garaje, había alguien. Justo por la puerta por donde ella había entrado, de pie, observándola fijamente, un hombre alto y delgado permanecía completamente quieto y con los brazos caídos junto al cuerpo. No alcanzaba a verlo bien, pero podía distinguir desde unos cincuenta metros de distancia la gabardina de color negro de su... observador.
Sacó torpemente el ticket de su monedero y esperó de forma tensa a que la máquina le indicara el importe del estacionamiento, eso sí, sin perder de vista al hombre extraño que parecía mirarla y permanecía quieto en el mismo sitio.
-No es normal, aquí hay algo que no cuadra -pensó Clara-. Una persona normal, entraría al aparcamiento a recoger su vehículo, pero no se quedaría parada en la puerta. ¿O acaso espera... a alguien?
El corazón de Clara volvió a latir de prisa. Cuatrocientas cincuenta pesetas marcaba la máquina. Debido a los nervios, se le cayeron varias monedas al suelo, a las cuales ni siquiera hizo caso, sólo pensaba en obtener el ticket y retirarse hacia su coche de la forma más rápida posible. El papelito fue arrancado de la máquina por Clara casi antes de que terminara de imprimirse. Miró al desconocido y todo su cuerpo dio un respingo: había avanzado hacia ella unos cinco metros, y no sólo eso, ahora estaba segura de que la miraba aunque todavía no conseguía verle la cara, se dirigía hacia donde ella estaba y había un hecho que la desconcertó y preocupó profundamente: el hombre había avanzado, se encontraba quieto, erguido, no le había visto moverse... !Ni siquiera había escuchado sus pasos¡ Era como si se hubiera... ¿Deslizado?
En aquel momento Clara sintió terror, el hombre estaba ya a apenas veinte metros en un abrir y cerrar de ojos: venía por ella, no cabía duda. Clara soltó un grito en el mismo momento que arrancó a correr despavorida hacia el coche, sabía que sólo tenía una oportunidad: llegar al coche y salir disparada de aquel lugar. Atrás quedaron las bolsas de la compra tiradas por el suelo.
El ritmo frenético de huída de Clara no le permitió darse cuenta al principio de un detalle: la intensidad de la luz del garaje empezaba a disminuir. Sacó la llave por control remoto de su coche, pulsó el botón... pero no funcionaba. Tras varios intentos, respirando jadeante por la carrera, miró hacia atrás por encima de su hombro y lo que vio le heló la sangre en sus venas: detrás de ella, a sólo unos pasos, seguía erguido y aparentemente inmóvil el desconocido, mirándola, y fue entonces cuando le vio la cara, fue entonces cuando la luz comenzó a apagarse y encenderse, cada vez con menor intensidad, fue cuando distinguió entre penumbras el rostro de una criatura infernal. Una faz cadavérica, pálida e inexpresiva hizo que, por segunda vez en la noche, Clara gritara de forma desgarradora.
En aquel momento, el ser que tenía delante, esbozó lo que parecía una sonrisa de complacencia a la vez que fijaba aún más sus ojos en Clara. Dos colmillos bastante puntiagudos sobresalieron de sus labios, y emitió una especie de siseo, como cuando una serpiente va a caer sobre su presa. Clara, logró abstraerse de aquella visión terrible casi hipnótica y en un intento desesperado introdujo manualmente la llave en la cerradura y abrió la puerta. Consiguió arrancar el coche y poner la marcha atrás. Las ruedas mordieron con violencia el asfalto antes de que el coche saliera disparado hacia atrás, atropellando espectacularmente a aquel ser, y chocando con violencia contra otro coche estacionado detrás. Miró por el retrovisor y no vio a nadie; nada podía haber resistido a un impacto de aquellas características. Puso la primera y embaló el BMW hacia la salida, por supuesto no se esperó a introducir el ticket en la ranura correspondiente y la valla saltó por los aires tras el impacto con el coche, que se fue perdiendo poco a poco en la lejanía.
A los pocos segundos Clara se encontraba en la principal circunvalación de la ciudad, ya estaba segura. Pero la situación nerviosa en que se encontraba hizo que diese un frenazo y estacionara en la cuneta. Lloraba y jadeaba al mismo tiempo, había estado a punto de morir a manos de un ser de ultratumba que era lo más parecido a los vampiros que solía ver en las películas de terror. Apoyó su cabeza sobre el volante y respiró profundamente varias veces. Cuando se sintió mejor se dispuso a arrancar de nuevo el coche y dirigirse a su casa, miró al espejo retrovisor y se dio cuenta de que ... no estaba sola en el coche. Un grito más aterrador incluso que los anteriores resonó en la fría noche de invierno.
Al día siguiente, la policía encontró el cuerpo de una mujer joven dentro de un BMW. Tenía una gran mordedura en el cuello, no había una sola gota de sangre y aunque en su carnet de identidad figuraba una foto donde aparecía el rostro de una mujer morena, el cuerpo encontrado en el coche... tenía el pelo blanco.25-02-99
RÓMPEME, MÁTAME
ANDRÉS MORENO GALINDO
"Tus ojos ya no me miran, son tus labios dos mentiras. Tu lengua insulto y caricia, pero así me siento viva"
Trigo Limpio
Canción "Rómpeme, mátame"
Ya está otra vez aquí, en la casa, ya llega, ya puedo oír el sonido de sus pisadas subiendo por las escaleras, tambaleándose en la oscuridad, ya puedo sentir el calor del infierno que arde en su mente y quema las lágrimas que brotan de sus ojos, ya puedo notar la ira, ya puedo ver su mirada demente, sus manos engarfiadas, intentando atrapar su inocencia perdida, el olor del cuerpo de una niña en un baile del colegio, el tacto del pecho de alguien cuya cara se desdibujó hace tiempo, ya puedo ver su ira creciendo, buscando, buscándome. Y yo estoy aquí, tumbada en la cama de esta habitación, esperando, como siempre, aterrorizada, mirando fijamente la puerta, el pomo, y aunque la muerte acabó con el miedo a sus golpes, lo ha sustituido por la horrible certeza de que la muerte no nos ha separado, de que él seguirá viniendo, noche tras noche, cada día más desesperado, cada día más enloquecido. Podría salir de aquí, abandonar esta casa, pero nunca lo he hecho, y nunca lo haré. El exterior me da miedo, me da más miedo que él. No puedo internarme en esas calles solitarias, me mareo, al cabo de unos metros todo se desdibuja, los colores se difuminan y los objetos se me antojan carentes de energía, como manchas lechosas en un paisaje muerto. Y prefiero quedarme en esta habitación, mirando hora tras hora la bombilla que cuelga del techo, fijamente, fijamente, hasta que puedo oír el zumbido de la electricidad dentro del cristal. También sigo los contornos del papel pintado de las paredes, enlazando sus líneas, formando caras, cuerpos, edificios, y así he construido durante años mundos enteros, ciudades inverosímiles, generaciones de seres imaginarios que han vivido y han muerto dentro del papel. Hasta que llega la hora, hasta que oigo la puerta de la calle abrirse, y pienso que no debería oírla, y siento que la muerte se burla de mí, que se muere de risa observando mi terror y mi estupefacción mientras me susurra al oído: "toda la eternidad, toda la vida y toda la muerte". Giro la cabeza y veo la pistola encima de la mesita de noche, que también se burla de mí, con los restos de su carga de muerte hibernando en su fría ánima, provocándome como aquella noche de hace años, pidiéndome que vuelva a empuñarla y que vuelva a avanzar hacia él con ella en la mano. Un solo disparo, y la cara amada, la cara mil veces cubierta de besos, mil veces venerada y luego odiada mil veces fue arrasada por el plomo candente, y así sigue, noche tras noche, y hace ya tantos años...
Lo oigo tras la puerta. Él también tiene miedo, puedo sentirlo supurar a través de ese torbellino de frustraciones, recuerdos, furia y demencia que es su mente. Lo sentí el día del entierro, cuando, susurrando su ira sorda y apenas contenida a través de la madera del ataúd, me dijo que volvería, que aquella misma noche volvería, que le daba igual la muerte, que le esperara porque volvería, y lo hizo. Y yo estaba allí para esperarle. Como ahora, encogida y sumisa ante ese hombre enloquecido que quiere volver a ser un niño y no puede, que me golpea y me escupe a la cara su resentimiento, su desconcierto, que busca culpables, que quiere señalar a alguien como al causante de sus desgracias, que me ha convertido en el gatito al que se tortura porque te obligan a volver temprano a casa. Porque él tampoco es libre, también de él se burló la muerte. Y vuelve a casa, noche tras noche, porque ya no sabe hacer otra cosa más que buscarme para seguir odiándome y seguir gritándome su odio a la cara. Porque aunque ahora ya no me puede golpear, y ya hace tiempo que dejó de intentarlo, necesita herir de cualquier manera a ese ovillo de carne acurrucada en un rincón que tiembla, que reza a un Dios en el que no cree, que intenta cerrar los ojos pero no puede, que sólo desea verle caer sobre la cama y dormirse musitando incoherencias entre gemidos para acostarse al lado de ese desquiciado horror que hace una eternidad cogía su cara y miraba sus ojos con centelleos de amor y deseo infinito en su mirada.
Ya nadie viene a la casa. Tras la Noche de la Muerte, casi todo el mundo creyó la historia del suicidio, todos esperaban algo así, y en cierta manera suspiraron aliviados, pero progresivamente dejaron de venir, dejó de interesarles la compañía incómoda de una especie de fantasma desorientado que hacía un esfuerzo por enfocar una mirada perdida y vacía hacia ellos, sin importarle lo más mínimo lo que le decían, sonriendo estúpidamente desde el sillón. Lo prefiero. Sus rostros y sus cuerpos también se desdibujaban progresivamente, se me antojaban maniquíes en movimiento, o esos modelos de figuras de madera que utilizan los pintores y que pueden adoptar diferentes posturas. Me alegré cuando el último amigo dejó de aparecer por la casa. Ahora estamos solos los dos, y lo mismo que hace tiempo vivimos nuestro paraíso vivimos ahora nuestro infierno, juntos, juntos para toda la eternidad. Y yo sólo sé que su odio es tan grande que ha vencido a su locura y a su horror, y vuelve a subir las escaleras cada noche, camina por el pasillo en tinieblas y abre la puerta de la habitación donde yo le espero, y sabe que mi miedo es infinito, que lo puede sentir, aunque tras la Noche de la Muerte, cuando en el forcejeo la pistola se disparó a bocajarro sobre mi cara, mi rostro no pueda reflejarlo...
VAMPÍRICA
VÍCTOR LEÓN FERNÁNDEZ
Me acostumbré a soñar con lugares remotos en horas interminables, perfumes mortuorios introduciéndose en lo más profundo de mis memorias, letargos tan reales, que a veces se mezclaban con la realidad provocándome una confusión sobre el estado de mi existencia. Los días se tornaban abulia, una pereza total se apoderaba de mis actos, no poseía motivación alguna para aferrarme a la existencia, el único lugar donde mi alma podía recobrar su disminuida energía se encontraba bajo las alas del sueño. En ese sitio donde las fantasías renacen dentro de lo más íntimo de nuestras perversiones, pude al fin recuperar mi motivación, y a su vez, un delicado estímulo; me llevó a los rincones ocultos de la historia del planeta, un tiempo que no puede ser ubicado bajo ninguna condición dentro de los límites de la línea cronológica, a este tiempo onírico y hermoso le he dado el nombre de los siglos oscuros. He aquí una de mis experiencias dentro de este pseudo paraíso.
Caminaba por un oscuro callejón bajo la inquisidora mirada de la luna. La niebla era cada vez más densa y espesa, apenas se podían divisar algunas negras siluetas de transeúntes que daban un paseo por los rincones más desconocidos de la ciudad de Rancagua. Encendí un cigarrillo mientras disfrutaba de lo solitario del ambiente, reinaba el silencio con solemnidad, de pronto un grito agudo y penetrante, semejante al chillido agónico de un cerdo al ser sacrificado, quebró la quietud de las tinieblas.
Intenté seguir el origen del grito, parecía provenir de un callejón muy próximo a donde me encontraba, mi respiración comenzó a agitarse, poco a poco mis oídos percibían otro sonido, muy distinto al anterior, pero no menos inquietante. Parecía el llanto de una niña pequeña, demasiado aterrorizada...
El ruido se escuchaba cada vez más nítido, lo que indicaba que me estaba acercando a mi destino. Entre la espesa niebla pude divisar una hermosa niña aferrándose al cuerpo de un hombre que yacía en el pavimento, lloraba desconsoladamente, con la respiración ahogada por la angustia y el miedo. Me acerqué a ella, con mucho cuidado para no asustarla, toqué el cuerpo del hombre: Estaba frío. Sus ojos completamente abiertos habían congelado su última mirada, el hombre sufrió una muerte violenta y la pobre niña lo contempló todo con sus inocentes ojos. Decidí llevar a la niña a mi hogar, en ese momento no me importó el cadáver del hombre, lo primero era la tranquilidad de la niña.
Gradualmente, la pequeña pareció recobrar la serenidad. La recosté con mucho cuidado en mi dormitorio, esa noche yo dormiría en el sofá; y al amanecer informaría a la policía sobre mi hallazgo.
Cuando por fin pude conciliar el sueño, extrañas imágenes comenzaron a atormentarme. El hombre que yacía en el pavimento se arrastraba ante mí implorante: -Dame Paz -decía, yo no podía entender nada.
Al amanecer desperté sobresaltado por una risa infantil, busqué a la pequeña por todas partes, pero había desaparecido. Pero, eso no era lo peor: Dos gigantescos charcos de sangre manchaban mis sábanas. ¿Alguien había entrado?... Eso era Imposible. El sistema de seguridad de mi hogar se habría activado, nadie podía haber ingresado en la noche. Entonces la pregunta surgió en mi cerebro: ¿De dónde provenía toda esa sangre?... ¿Podría yo ser capaz de haber asesinado a una niña inocente y haberla ocultado en un rincón de mi hogar? Aunque esto sonaba macabro, era una alternativa posible. Así es que recorrí todos los rincones de mi hogar buscando el cuerpo de la niña, pero todo fue en vano... Estaba comenzando a enloquecer, debía hacer algo rápido, pero no se me ocurrió otra idea que inyectarme una buena dosis de codeína, y emborracharme con una botella de Ron. Solo así pude olvidar mi pesar por algún tiempo, en el deplorable estado en que me encontraba, creía oír a veces la risa de la niña como si ella jugueteara por mi hogar.
Repentinamente el sueño volvió a apoderarse de mí: Me encontré en otro tiempo, en un lugar semejante a palestina. Un hombre crucificado, se levantaba de su sepulcro, de sus heridas manaba abundante sangre que caía a chorros al suelo. La niña aparecía entonces y se arrodillaba frente al hombre y comenzaba a lamer sus heridas.
Cuando desperté algo dentro de mí había cambiado. Mi mente parecía haber sufrido un trastorno particularmente bizarro, mis sentidos se alteraron de un modo extraño, cada uno de estos se había agudizado. Podía percibir cosas que ningún ser humano lograría sentir. Escuchaba el sonido del aire, el particular ruido que emiten las hormigas cuando devoran a su presa, podía ver a través de gruesas superficies, observaba con nitidez las partículas que conforman el aire, en fin; poseía una amplia superioridad sobre cualquier ser medianamente pensante en la faz del planeta, pero esto no era todo.
Fue una noche de julio cuando logré comprender la causa que había provocado estos trastornos en mí, puedo asegurar que no estaba dormido, de hecho caminaba por las callejuelas de Rancagua, en medio de la oscuridad. Ahora disfrutaba enormemente la noche, pues en el día me sentía enfermo y fatigado a pesar de que me alimentaba con gran avidez.
Me asombré enormemente al contemplar al hombre que yo creía muerto, arrastrándose con la mitad de su cuerpo por las calles de la ciudad, se acercaba gimiendo hacia mí, con una voz que trataba de parecer humana, pero más bien se asemejaba al aullido de un animal salvaje. Cuando estuvo frente a mí abrió completamente su boca desdentada y vomitó un liquido que parecía sangre, pero era considerablemente más viscoso y repulsivo. Entre todo ese horror orgánico el hombre me advirtió: -Ella vendrá por usted.
Después de esto el hombre desapareció, sin dejar rastro...
Corrí por la ciudad asustado, sentía que una fuerza maligna me perseguía... Yo corría sin saber hacia dónde, hasta que algo invisible golpeó mi nuca y me derribó dejándome inconsciente.
Ella me miró a los ojos y con su voz dulce y melodiosa como un coro de serafines, dijo: -Toma mi mano y sígueme.
Cómo si todo el mundo cambiara en un pestañeo, me encontré en un lugar desconocido, todo parecía mutilado; el cielo horriblemente negro, no poseía estrellas; la flora y fauna eran extrañas a todo lo que había visto en el mundo, seres alados surcaban los cielos con infinita gracia.
Ella me miraba y sonreía con una dulzura confusa, algo perversa. Es difícil para mí describir lo prodigioso de la desértica naturaleza que ahora mis ojos contemplaban, tiempo después supe el nombre de aquél país: Olvido.
A medida que mi compañera y yo avanzábamos por ese terreno yermo y muerto, vi un lugar muy extraño, pero bastante familiar.
Era mi tierra natal. Un lugar al que sus habitantes llamaban Pueblo de Brujas. allí monstruosas cadenas de montañas estaban perforadas por un gran número de cavernas, que según la leyenda, servían de moradas a mendigos que no pertenecían al mundo de los hombres, no tardé demasiado en comprender que las historias que contaban los viejos en el pueblo eran algo más que simples leyendas.
La niña me llevó dentro de una de las innumerables cavernas, me contó una historia, un relato que para siempre cambiaría mi percepción del universo. Me contó acerca de un hombre que venía desde las estrellas, un ser excepcional maldecido por su Dios, y condenado a morir en manos de su propio pueblo. Un ser que gobernaba en un lugar más allá de la noche, alguien que al morir en la cruz había murmurado una extraña sentencia:-El que beba de mi sangre y coma de mi carne, tendrá vida eterna.
En la época medieval sanguinarios hombres usando el estandarte de la cruz, buscaron el recipiente que contenía la sangre del ángel descendente. Los hombres buscaron en lugares equivocados.
Yo había sido elegido entre millones de seres para absorber aquél precioso líquido. En una caverna rodeado por seres que parecían eternos, aquella niña me dio a beber de aquel recipiente de oro.
La preciosa droga me sumió en un estado de excitación profunda, demasiado profundo como para no percatarme de que había sido iniciado en una nueva forma de existencia, privado de absurdos sentimientos como amor, piedad y compasión. Me transformaba poco a poco en un ser superior. La niña reía con una carcajada maldita. Su rostro antes hermoso y angelical se contraía en una expresión demoniaca, llevaba un bebé en sus brazos, un bebé que lentamente calmaría su sed, esa sed maldita y criminal a la cual mi estúpida curiosidad me había llevado.
Ahora estoy aquí, en la profundidad de una caverna, oculto de los seres que más amo, pedazos de cadáveres decoran mi morada, la niña maldita yace a mi lado, todas las noches ella me trae una víctima para saciar mi sed, mis ojos jamás podrán contemplar un nuevo amanecer. La noche y la diabólica niña serán mis únicas compañeras por el resto de la eternidad.
Mi Querida Muerte
Hoy he visto a la muerte y me ha dicho que pronto nos reuniremos. Que está deseando tenerme a su lado, que se siente muy sola yendo de un lado a otro llevándose almas que, al fin y al cabo, no son para ella.
Pero conmigo es distinto, quiere que le siga en sus viajes, que sea su discípula en la eternidad. Que sea su compañera, amiga e hija, y que aprenda todo lo que pueda para algún día ocupar su lugar.
No es fea y fría como piensan algunos, se nota que no la han conocido. Todo lo contrario, es cálida y dulce como el buen vino, lo único frío en ella es su mirada, como de hielo, pero incluso el hielo llega a quemar cuando lo tocas sin guantes.
Es la más bella que he visto nunca, tiene una belleza sepulcral, pero belleza al fin y al cabo.
Al conocerla se ha despertado en mi un gran interrogante,¿por qué le tienen miedo? No lo entiendo, desde que la he visto sólo pienso en el momento de reunirnos y unirme a ella en ese cálido abrazo que me dará la eternidad.
Gracias a ella seguiré siendo joven por siempre, igual de bella por siglos. Qué tiene eso de malo? Es lo mejor que podría pasarme en estos momentos de eterna angustia que llevo sufriendo desde hace años. Por fin se acabará la tristeza sin explicación, la angustia absurda presente todo el día, a todas horas.
Y cuando hayan pasado las décadas, los siglos, los milenios, yo seguiré aquí, sabiendo todo de todo , de todos. Habré visto cómo la humanidad se ha destruido a sí misma, como hace con las demás cosas. Toda la tierra será un país tercermundista sumido en la miseria y el caos. Para entonces ella morirá en mis manos y yo ocuparé su lugar, crearé mi propio reino, no dejaré que las almas vayan a una u otra dirección, sólo se quedarán conmigo. Y lo harán voluntariamente, porque para entonces la vida será tan muerte que se enamorarán de mí y preferirán mi mundo.
